santa-mc3b3nica27 de Agosto

Madre de san Agustín

Mónica nació en Tagaste, actual Souk Ahras (Argelia), en el año 331 o en el 332, en una familia cristiana de buena condición social. Era todavía una adolescente cuando fue dada como esposa a Patricio, quien todavía no había recibido el bautismo. Ganó para Cristo a su marido y después consiguió la conversión de Agustín, «el hijo de tantas lágrimas». Con inmenso gozo asistió a su bautismo en la Pascua del año 387. Cuando regresaba a África con Agustín y sus amigos, murió en Ostia Tiberina, a las puertas de Roma, en el otoño del año 387, antes del 13 de noviembre. Tenía 56 años.

 

Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según San Mateo      7,7-12

Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá. Porque todo el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá.
¿Quién de ustedes, cuando su hijo le pide pan, le da una piedra? ¿O si le pide un pez, le da una serpiente? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre celestial dará cosas buenas a aquellos que se las pidan!
Todos los que deseen que los demás hagan por ustedes, háganlo por ellos: en esto consiste la Ley y los Profetas.
Palabra del Señor.

 


SAN AGUSTÍN HABLA DE SU MADRE

Del libro de las Confesiones de san Agustín

Había sido mujer de un solo hombre, había rendido a sus padres los debidos respetos, había gobernado su casa piadosamente y contaba con el testimonio de las buenas obras. Había criado a sus hijos, pariéndoles tantas veces cuantas les veía apartarse de ti.

Finalmente, Señor, ya que como dádiva tuya permites que hablen de tus siervos, diré que cuidó de todos cuantos, antes de morir ella, vivíamos unidos en ti, después de recibir la gracia de tu bautismo, y lo hizo de tal modo que es como si nos hubiese parido a todos. Y se puso a nuestra disposición como si fuese hija de todos.

Confesiones IX,22

Del libro de las Confesiones de san Agustín

Cuando ya se acercaba el día de su muerte –día por ti conocido, y que nosotros ignorábamos-, sucedió, por tus ocultos designios, como lo creo firmemente, que nos encontramos ella y yo solos, apoyados en una ventana que daba al jardín interior de la casa donde nos hospedábamos, allí en Ostia Tiberina, donde, apartados de la multitud, nos rehacíamos de la fatiga del largo viaje, próximos a embarcarnos. Hablábamos, pues, los dos solos, muy dulcemente y, olvidándonos lo que queda atrás y lanzándonos hacia lo que veíamos por delante, nos preguntábamos ante la verdad presente, que eres tú, cómo sería la vida eterna de los santos, aquella que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar. Y abríamos la boca de nuestro corazón, ávidos de las corrientes de tu fuente, la fuente de la vida que hay en ti.

Tales cosas decía yo, aunque no de este modo ni con estas mismas palabras; sin embargo, tú sabes, Señor, que, cuando hablábamos aquel día de estas cosas –y mientras hablábamos íbamos encontrando despreciable este mundo con todos sus placeres-, ella dijo: “Hijo, por lo que a mí respecta, ya nada me deleita en esta vida. Qué es lo que hago yo aquí y por qué estoy aún aquí, lo ignoro, pues no espero ya nada de este mundo. Una sola cosa me hacía desear que mi vida se prolongara por un tiempo: el deseo de verte cristiano católico, antes de morir. Dios me lo ha concedido con creces, ya que te veo convertido en uno de sus siervos, habiendo renunciado a la felicidad terrena. ¿Qué hago ya en este mundo?”

No recuerdo muy bien lo que respondí, pero, al cabo de cinco días o poco más, cayó en cama con fiebre. Y, estando así enferma, un día sufrió un colapso y perdió el sentido por un tiempo. Nosotros acudimos corriendo, mas pronto recobró el conocimiento, nos miró, a mí y a mi hermano allí presentes, y nos dijo en tono de interrogación: “¿Dónde estaba?”

Después, viendo que estábamos aturdidos por la tristeza, nos dijo: “Entierren aquí a su madre.”

Yo callaba y contenía mis lágrimas. Mi hermano dijo algo referente a que él hubiera deseado que fuera enterrada en su patria y no en un país lejano. Ella lo oyó y, con cara angustiada, lo reprendió con la mirada por pensar así, y, mirándome a mí, dijo: “Mira lo que dice.”

Luego, dirigiéndose a ambos, añadió: “Sepulten este cuerpo en cualquier lugar: esto no les ha de preocupar en absoluto; lo único que les pido es que se acuerden de mí ante el altar del Señor, en cualquier lugar donde estén.”

Habiendo manifestado, con las palabras que pudo, este pensamiento suyo, guardó silencio, e iba luchando con la enfermedad que se agravaba.

Nueve días después, a la edad de cincuenta y seis años, cuando yo tenía treinta y tres, salió de este mundo aquella alma piadosa y bendita.

Confesiones 9,10,23-11,28


Del libro de las Confesiones de san Agustín

No diré sus dones, sino los tuyos en ella

No callaré ninguno de los sentimientos que brotan en mi alma, inspirados por aquella sierva tuya que me alumbró en la carne para la vida temporal, y me dio a luz según su corazón para que renaciese a la vida eterna. No diré sus dones, sino tus dones en ella.

Educada en honestidad y templanza y sujeta más por ti a sus padres que por sus padres a ti, llegada a la pubertad y entregada a su marido, sirvióle como a su señor y se afanó en ganarlo para ti, hablándole de ti con sus costumbres, con las que la embellecías y hermoseabas, haciéndola digna del respeto, el amor y la admiración de su marido. De tal manera soportó sus infidelidades, que nunca tuvo por ello contienda con él. Esperaba que tu misericordia descendiese sobre él, dándole al mismo tiempo la fe y la fidelidad.

A esta buena sierva tuya, en cuyo vientre me creaste, Dios mío, misericordia mía, le habías otorgado otra dádiva muy grande. Y era que entre almas que estuviesen en discordia, cualesquiera que fuesen, cuando se le presentaba la ocasión, se mostraba tan pacificadora que, oyendo de una parte y otra recíprocas y amargas recriminaciones, como suele proferirlas la enemistad airada y cruda cuando la amiga presente, en ácidas confidencias a cuenta de la enemiga ausente, exhala el cúmulo de odios indigestos y podridos, jamás iba a contar a una de las partes lo que había oído de la otra. Solamente comunicaba lo que podía contribuir a desenconarlas y reconciliarlas. Pequeño me parecería este bien, si una triste experiencia no me hubiera hecho ver la innumerable cantidad de personas que van no sólo a comunicar a los enemigos enojados lo que dijeron sus enemigos

enojados, sino que añaden lo que no dijeron. Así era mi madre, siendo tú su maestro íntimo en la escuela de su corazón.

Finalmente, ya en lo postrero de su vida temporal, ganó a su marido para ti, y en él, fiel ya, no tuvo que llorar lo que había tenido que tolerar cuando era infiel. Era la sierva de tus siervos. Todos los que la conocían, te alababan, honraban y amaban en ella, porque sentían tu presencia en su corazón, atestiguada por los frutos de un trato santo. Había criado a sus hijos alumbrándoles tantas veces cuantas veía que se desviaban de ti. Y, por concluir, Señor, a todos nosotros, siervos tuyos, que por tu gracia nos permites hablar y que antes de su muerte ya vivíamos para ti en santa hermandad una vez recibida la gracia del bautismo, nos cuidó como si a todos nos hubiese engendrado, y nos sirvió como si de todos fuera hija.

Cuando ya se acercaba el día de su muerte —día por ti conocido, y que nosotros ignorábamos—, sucedió, por tus ocultos designios, como lo creo firmemente, que nos encontramos ella y yo solos, apoyados en una ventana que daba al jardín interior de la casa donde nos hospedábamos, allí en Ostia Tiberina, donde, apartados de la multitud, nos rehacíamos de la fatiga del largo viaje, próximos a embarcarnos. Hablábamos, pues, los dos solos, muy dulcemente y, olvidando lo que queda atrás y lanzándonos hacia lo que veíamos por delante, nos preguntábamos ante la verdad presente, que eres tú, cómo sería la vida eterna de los santos, aquella que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar. Y abríamos la boca de nuestro corazón, ávidos de las corrientes de tu fuente, la fuente de vida que hay en ti, para que, rociados por ella, pudiéramos considerar tan sublime materia de algún modo, según nuestra capacidad.

Y mientras hablábamos, anhelantes, llegamos a tocar un poco esa Sabiduría que eres tú, en un supremo vuelo del corazón. Y lanzamos un hondo suspiro y dejamos prendidas allí las primicias del espíritu, y volvimos al rumor de nuestros labios. Y en el curso de nuestra plática, ella dijo:

«Hijo, por lo que a mí respecta, ya nada me deleita en esta vida. Qué es lo que hago yo aquí y por qué estoy aún aquí, lo ignoro, pues no espero ya nada de este mundo. Una sola cosa me hacía desear que mi vida se prolongara por un tiempo: el deseo de verte cristiano católico, antes de morir. Dios me lo ha concedido con creces, ya que te veo convertido en uno de sus siervos, habiendo renunciado a la felicidad terrena. ¿Qué hago ya en este mundo?»

Al cabo de cinco días o poco más, cayó en cama con fiebre. Nueve días después, a la edad de cincuenta y seis años, cuando yo tenía treinta y tres, salió de este mundo aquella alma piadosa y bendita.

Al cerrarle los ojos, una inmensa tristeza me inundó el corazón. Pero ella ni había muerto miserablemente ni había muerto del todo. De esto estábamos seguros por el testimonio de sus costumbres, por su fe no fingida y por otras serias razones.

Confesiones IX, 8,17-12,33


Oración

Señor, Dios nuestro,
misericordia de los que en ti esperan,
que adornaste a tu sierva Mónica
con el don inestimable de ganar para ti,
por su oración y ejemplo, a su esposo e hijos,
concédenos, por su intercesión,
ser mensajeros de tu amor para con nosotros
y llevar a ti los corazones de los hermanos.
Por nuestro Señor Jesucristo…


Posteo: C.O.